La noche del 6 de febrero de 2008, durante la inauguración de la exposición Gabriel Figueroa: cinefotógrafo, en el Palacio de Bellas Artes, el presidente Felipe Calderón tuvo la ocurrencia de anunciar la creación de un Museo del Cine Nacional, del cual incluso se permitió enunciar varias características (moderno, interactivo, dotado de los más avanzados recursos de multimedia, capaz de ofrecer exposiciones permanentes y temporales).
La tarea de trabajar en el proyecto, que debería estar listo en 2010 para las celebraciones del Bicentenario, fue endosada al Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), dirigido por Marina Stavenhagen, dependencia que en el actual sexenio ha visto caer año con año su presupuesto. Al frente de la propuesta conceptual y temática del proyecto quedó el fotógrafo Pablo Ortiz Monasterio cuyo nombramiento fue hecho por Conaculta.
Tras meses de organizar seminarios con expertos para reflexionar cuál era el museo del cine que necesitaba México, Ortiz Monasterio apareció durante la presentación del informe anual del Imcine, sin resultados y una explicación improvisada sobre los avances en la que prácticamente inventó que se había pensado no en un edificio, sino en que diez ciudades del país, vinculadas con medios digitales, albergaran una célula del museo, aunque nunca se dijo qué ciudades ni bajo qué criterio serían designadas.
La idea, según el intelectual, era conformar centros de cultura cinematográfica que contarían con salas para generar un circuito de exhibiciones, centro de documentación para investigadores y público en general y un auditorio para mostrar películas, en las cuales el cine mexicano fuera la prioridad. Sin embargo, aclaró el mismo, aquello era sólo una idea.
Dos años después del anuncio y sin un solo resultado visible, excepto recursos gastados en algo que realmente nunca tuvo forma, la directora del Imcine dio a conocer que debido a cuestiones presupuestales el proyecto estaba cancelado.
Cosa rara, cuando en mayo pasado Pablo Ortiz Monasterio apareció como coordinador de la exposición Cine y Revolución, montada en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, no dejó de ser llamativo que el investigador declarara que hacer un museo es un proceso largo y complejo, y que por tal razón habrían hecho la contrapropuesta de montar una magna exposición sobre cine.
Era obvio que si el proyecto del Museo estaba cancelado, una exposición temporal no podía ser el resultado final de dos años de sueldos y presupuesto invertido en seminarios de expertos para reflexionar sobre el tema de un recinto del cine nacional. Asumiendo que la exposición Cine y Revolución y el Museo son dos proyectos diferentes, quizá realizados de manera paralela, preguntamos al Imcine cuánto había costado a los contribuyentes la obra no concluida y pedimos que nos entregara el informe final, que nos permitiera ver los avances logrados y los trabajos que sí se concluyeron en torno al Museo.
Sorpresa. La dependencia entrega como resultado, un documento que en ningún lado habla de células en diez entidades del país, centros de documentación ni salas de exhibición; las cinco páginas del informe hablan de un gasto de casi 9 millones 343 mil pesos de 2008 a la fecha y detallan el proyecto ejecutivo de la exposición montada en San Ildefonso, como si ese y sólo ese hubiera sido el proyecto original.
Se impone la duda acerca de si Ortiz Monasterio mintió todo el tiempo sobre el plan en el que decía estar trabajando y por el cual cobraba, o si bien, esto no es más que ingeniería presupuestal en otra dependencia del gobierno federal para justificar millones de pesos gastados en sueldos no devengados y obras no concluidas para cubrir un quebranto por el que debería existir responsabilidad administrativa. Alguien tendría que explicar.
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