El caso de Pedro Riera, espía cubano

Publicado en Milenio 191, mayo de 2001

Los primeros días de octubre de 2000, un caso llegó a las páginas de la prensa mexicana. Pedro Aníbal Riera Escalante, ex oficial de la Dirección General de Inteligencia cubana, ex cónsul en México y desertor del régimen castrista, había sido detenido y entregado al gobierno de Cuba por las autoridades mexicanas, pese a haber solicitado su protección. Su supuesta deportación por criterios migratorios se tramitó en cuestión de horas, sin embargo, nunca pudo comprobarse, en realidad, el lugar al que fue llevado e interrogado ni la fecha y las condiciones en que fue sacado del país. Durante cuatro meses, a Riera se lo tragó la tierra. Reapareció en un calabozo de Guanajay, enfermo, sujeto a proceso. El gobierno mexicano lo traicionó.

El 28 de agosto de 2000, Edelmiro Castellanos, periodista cubano radicado en México, recibió una llamada telefónica en su domicilio.
—Con Edelmiro Castellanos, por favor -dijo una voz del otro lado. Se trataba de un hombre maduro, cubano también.
—Él habla -devolvió Castellanos.
—Tú y yo nos conocemos, aunque no personalmente. Quiero verte para tratar asuntos de gran interés para los dos. ¿Dónde y cuándo?
Ambos pactarían un encuentro para las cinco de la tarde de ese mismo día. El lugar fue la sección de libros del Sanborns del Palacio de los Azulejos, en avenida Madero. La presentación fue rápida: “Mucho gusto, soy Pedro Riera Escalante”.
El nombre no era desconocido; Riera Escalante no era cualquier cubano. Había sido cónsul en México de 1986 a 1991 y era mayor retirado de la Dirección General de Inteligencia (DGI) cubana, con 25 años de servicio y especializado en la guerra contra la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA).
Riera explicó al periodista su situación. Había roto con el régimen de Fidel Castro y decidió viajar a México en busca de asilo. Su contacto con Castellanos había sido posible gracias a la carta enviada por cerca de 90 intelectuales al presidente Zedillo, el 7 de abril del 2000, en la que le solicitaban un voto de censura por parte de México a la situación de derechos humanos en Cuba, y en la cual se incluía el teléfono del periodista cubano como responsable de las firmas reunidas.
El ex espía buscaba apoyo para su situación. La primera propuesta de Edelmiro Castellanos sería buscar también, antes de acudir al gobierno mexicano, el respaldo de personalidades del ámbito intelectual, académico y de derechos humanos, para poder invocar esos nombres ante los funcionarios. “¿Cuándo empezamos?”, fue la respuesta de Riera.
Esa misma noche, el escritor Carlos Monsiváis conoció el caso y recibió una explicación de la situación. Ni Castellanos ni Riera se reunirían con él como se manejó en algunas versiones periodísticas, lo que hizo que Monsiváis negara al semanario Proceso cualquier encuentro con el cubano. Asimismo, se hizo contacto varias veces con Alejandro Ope, asistente de Adolfo Aguilar Zinser, entonces coordinador de Asuntos Internacionales del equipo de transición de Vicente Fox, con el propósito de que se tuviera información sobre lo que sucedía; sin embargo, la conversación no fue posible, el presidente electo guardó distancia.
Hubo dos reuniones que sí se realizaron: la primera con Rafael Álvarez, primer visitador del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Prodh), y la segunda con Sergio Aguayo, experto en relaciones internacionales y ex presidente de la Academia Mexicana de Derechos Humanos.
La propuesta fue hacer una gestión ante la Secretaría de Relaciones Exteriores (SER), con la convicción de que para la canciller Rosario Green el caso no sería desagradable y que, por el contrario, se podía tener cierta confianza en su posición. Sin embargo, en ese momento, Green asistía con el presidente Ernesto Zedillo a la Cumbre del Milenio, realizada en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York.
A cambio, la primera gestión se realizó con su secretario, Pedro Tamayo, quien tuvo una reacción positiva e incluso de entusiasmo con el caso, y quien, ante la ausencia de la canciller, se encargó de ponerlo en manos de Carlos de Icaza, subsecretario para América Latina y Asia-Pacífico de la SRE. La última -el 8 de septiembre- fue una reunión breve, en la que el funcionario mantuvo una actitud tensa y hostil en contra de Riera y Castellanos. De Icaza terminó la conversación diciendo que serían llamados por las autoridades indicadas de la Secretaría de Gobernación (Segob).
Tras aquella charla, mediando apenas un par de horas, un nuevo llamado fue hecho al domicilio del periodista cubano. “Estamos muy interesados en el asunto. ¿Dónde y cuándo nos podemos ver? Si la cita se puede hacer con dos horas de anticipación, mejor, porque queremos hacer un operativo de seguridad muy riguroso”. Se trataba de José Luis Valles, funcionario del Centro de Información y Seguridad Nacional (Cisen), a las órdenes de Alejandro Alegre, director del Centro.
La reunión con Valles se realizaría en el restaurante Vips de Ampliación Asturias, en calzada Chabacano. Riera era interrogado con insistencia acerca de su entrada a México, sus documentos migratorios… se le pedía continuamente que probara que no era un provocador, que no era un doble agente que estaba buscando crear un escándalo diplomático entre México y Cuba. Edelmiro Castellanos y Pedro Riera amagaron con levantarse de la mesa, ambos consideraban innecesaria la actitud policiaca del gobierno mexicano, toda vez que se asumía que el de Riera era más que un problema migratorio. A partir de ahí, José Luis Valles cambiaría su actitud.
Sin embargo, la historia de Pedro Aníbal Riera era más que la de un desertor del régimen, y su determinación de salir de Cuba, más que un “desencanto” con la política de Castro.
Dado su perfil de trabajo, el ex cónsul se constituía como el desertor cubano de mayor importancia que se refugiaba en el exterior. No sólo era responsable de la redacción de algunos manuales de la inteligencia cubana, sino que, hacia la mitad de la década de los setenta, Riera colaboró de manera cercana con Phillip Agee, ex agente de la CIA, quien en 1975 publicó el libro Inside the Company, el cual puso en evidencia las operaciones de la Agencia en todo el mundo, particularmente, sus intervenciones en Cuba y en Latinoamérica.
No obstante -y otra vez en contradicción con las versiones difundidas en México tras su deportación a Cuba-, aunque Riera realizó trabajos de reclutamiento y contacto sólo de manera eventual, en México, lograba vigilar las actividades de la CIA y conocía a informantes mexicanos, incluidos integrantes de izquierda, empresarios, políticos de distintos partidos, agentes de seguridad, intelectuales y periodistas.
Para junio de 1993, empero, el ex cónsul fue separado como miembro del Ministerio del Interior (Minint) por la violación de un ordenamiento que le impedía tener relaciones con elementos “desafectos” a la Revolución. Como cónsul en México, Riera era reconocido por sus vínculos con la comunidad cubana, su actitud amplia y de buen trato con cualquiera de sus connacionales, incluidos los catalogados de manera negativa por el régimen.
En el lapso que Riera fue licenciado como miembro de la DGI y requerido para volver a Cuba, y su reingreso a México, su primera esposa, Mayté, enfermó y murió de leucemia. Parte del apoyo más importante en esos días vendría de amigos del matrimonio Riera, considerados “no gratos” por el gobierno de La Habana.
“Durante seis años -revelaría el ex cónsul cubano en una carta- fui perseguido y hostigado de manera sistemática por los servicios de contrainteligencia cubanos; no se me dio ningún retiro que me permitiera subsistir, ni se me garantizó un trabajo, viéndome obligado a trabajar en diversas actividades, incluso en un ‘paladar’ (una especie de cocina económica que por disposición gubernamental no puede tener más de 12 sillas)”.
Reiteradamente, las autoridades cubanas rechazaron las solicitudes de Riera para salir de la isla, aun cuando éste tuvo ofertas de trabajo por parte de empresas mexicanas y a pesar de haber solicitado autorización para establecerse en ciudad de México en noviembre de 1997, tras contraer matrimonio con la mexicana María del Socorro Yáñez. Una y otra vez, el ex miembro de la DGI fracasó.
Finalmente, el 23 de octubre de 1999, y echando mano de un pasaporte a nombre de Pedro Morales Estrada, Riera abandonó La Habana, en definitiva, por el aeropuerto José Martí.
En apariencia, el caso del cubano Riera avanzaba favorablemente en las reuniones con el Cisen, mientras el periodista Edelmiro Castellanos, también miembro del Comité de Apoyo a Migrantes Cubanos en México, gestionaba el apoyo de organismos y personajes.
De ahí nació una nueva iniciativa. El ex cónsul cubano se reuniría en un par de ocasiones con los periodistas Julia Preston y Tim Weiner, para acordar la estructura de una entrevista que iría directa a las ocho columnas y a la primera plana de The New York Times y el diario Reforma de la ciudad de México, justo en la misma fecha. Si bien, a cada medio le concernían en lo particular algunos temas, como la actividad del ex espía en contra de la CIA y la infiltración en México, respectivamente, la entrevista con el Times tendría ejes importantes, como la metodología de combate y penetración de la CIA, y las acciones concretas en diferentes partes del mundo; anécdotas; algunos nombres, y acciones de la Inteligencia Cubana en Estados Unidos.
El encargado del trabajo para México sería Sergio Aguayo, profesor de El Colegio de México y colaborador de Reforma.
Sin embargo, asegura Edelmiro Castellanos, Riera “no tenía ninguna intención de revelar públicamente nombres de personas o hechos que pudieran lesionar los intereses del gobierno mexicano. Así se le hizo saber siempre a las autoridades”.
Las versiones periodísticas, los primeros días de octubre, señalaban que Riera Escalante había buscado, desde su salida de Cuba y hasta antes de su contacto con Castellanos, acercarse al gobierno de Estados Unidos, tiempo en el que logró reunirse con personal de inteligencia de la sede diplomática, con quienes habló de sus actividades. La entrega de información a los elementos de la CIA le habría abierto la puerta de la embajada. Sin embargo, aunque entre los agentes de la CIA destacados en México había una corriente favorable para conceder protección al cubano, había sectores que aparentemente desconfiaron de su historia, hubo temor de que se tratara de un supuesto desertor, un doble espía del gobierno de Castro. No hubo respuesta.
No obstante, Rafael Álvarez, ex visitador del Prodh, recuerda el rechazo de Riera ante la idea de asilarse en Estados Unidos.
Para el 3 de octubre, los reporteros de The New York Times y Riera se encontraron por tercera vez, en el Hotel Parque Ensenada, de la avenida Álvaro Obregón, para afinar los detalles de la entrevista. Tres o cuatro días después se realizarían el par de charlas que irían a las páginas tanto del diario mexicano como del estadounidense.
Al salir de la reunión, Riera y Castellanos se dirigieron a otra cita, la última que sostendrían con José Luis Valles, en el restaurante Sanborns de avenida Cuauhtémoc, en la colonia Roma.
Esa vez no hubo operativo de seguridad: sólo el funcionario del Cisen, una mujer a quien identificó como su “analista” y un escolta que se mantuvo al margen. La charla fue breve, no más de una hora. Valles había prometido, por última vez, ayudarles.
A las 18:15, Riera y Castellanos traspondrían las puertas del Sanborns. Tras caminar unos metros, los cubanos se cruzarían con el ayudante de Valles, quien en lugar de despedirse, como siempre lo hacía, pasó por un lado sin mirar, sin dar la cara. “¡Cuídense, cuídense!”, alcanzó a decirles.
Seis hombres aparecieron. Armados, vestidos de civil, les cortaron el paso.
“Documentos, cabrón”, soltó un sujeto, vestido con una chamarra larga, negra que interceptó a Castellanos mientras le colocaba una pistola en su costado.
Cuatro sujetos tomaron a Riera para meterlo en una camioneta Van, blanca, de modelo reciente; la misma o al menos una similar a la que aparecía en los operativos montados durante las otras entrevistas con el Cisen.
Edelmiro regresó al interior del Sanborns a decirle a Valles que se habían llevado a Riera. El funcionario se mostró sorprendido. “Deben haber sido ellos, los cubanos”, dijo.
De inmediato, Valles hizo una llamada por su celular: “Señor, acaban de secuestrar al cubano”, informó aparentemente a su jefe, Alejandro Alegre. Apenas terminó su llamada, Castellanos le advirtió que por la seguridad Riera, tenía que “reventar” el secuestro en la prensa.
—Bueno, ésa es tu decisión.
Sobre el paradero de Pedro Riera no se volvió a saber.

Recortes del caso aparecían en La Jornada, Reforma, Crónica, Proceso. La versión oficial sostenía que Riera fue detenido por agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), interrogado sobre la forma en que ingresó al país esa misma noche -según constó en el acta 4212 del INM-, y deportado tras no acreditar su legal estancia en territorio mexicano. Las contradicciones caerían después.
En el Juzgado 5o de Distrito se hizo saber al Prodh que en la estación migratoria de la Segob constaba, por razón actuarial, que Pedro Riera Escalante había sido deportado a las seis de la mañana del 4 de octubre, en el vuelo 321 de Mexicana de Aviación, en tanto que Jesús Jiménez, vocero del INM, declararía que la salida se había dado cinco horas y media después, a las 11:30. Rafael Álvarez, del Prodh, señalaría que nunca hubo reportes de que el ex cónsul estuviera en Cuba.
Y más aún. Primero, según The New York Times, la oficina de prensa de la Segob dio a conocer que José Luis Valles no trabajaba en la dependencia desde febrero de 2000. Luego, sólo unos días después, Alejandro Alegre, director del Cisen, reconocería que Valles, responsable del área de contrainteligencia del Centro, había sostenido varias entrevistas con Riera, aunque el objetivo fue verificar si en realidad formaba parte de los servicios de inteligencia del gobierno cubano.
La propia embajada estadounidense, que había demorado la solución a Riera, solicitó al gobierno de México una explicación por la deportación del ex cónsul. El vocero de la representación diplomática dejó claro: “Si hizo contacto o no con funcionarios de Estados Unidos, no cambia el hecho de que el gobierno mexicano tenía la responsabilidad de cumplir con las convenciones internacionales… la detención sumaria y la expulsión generalmente no son las normas que se aplican a quienes buscan asilo”.
A Pedro Riera se lo tragó la tierra durante cuatro meses. El primer indicio de que el ex mayor había llegado a Cuba se dio en los últimos días de enero de este año. Un testimonio recogido en La Habana lo ubicaría por fin, detenido en Villa Marista, un antiguo colegio religioso que desde hace décadas funciona como cuartel de la seguridad del Estado.
María del Socorro Yáñez, esposa de Riera, dio cuenta entonces de tres visitas. Lo que vio fue revelador: “La primera vez que lo fue algo espantoso, parecía destruido. Estaba muy delgado, con problemas de presión arterial, en el hígado y una infección en la piel. El pelo se le encaneció y estaba muy tenso; pero ahora parece que está mejor, como si ya hubiera aceptado su situación en la cárcel”.
El testimonio de Yáñez, más allá de referir el estado físico del ex cónsul, evidenciaría el largo periodo en el cual Riera había sido mantenido aislado. Sin embargo, para marzo sería movido a la prisión de Guanajay, donde actualmente espera su proceso.
Por otro lado, a pesar de que el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Felipe Pérez Roque, asegura que el caso es “un problema migratorio menor que pasó hace mucho tiempo”, el proceso es llevado por una Corte Militar, en tanto que quien firma las conclusiones de la acusación es un mayor. La explicación es que aunque Riera dejó de ser parte del Minint desde 1993, tres militares adscritos al aeropuerto -Pedro Losy Pérez, Sileika Villalón y Lester López- aparecen como coacusados tanto de cohecho como de falsificación de documentos. Hasta el día de hoy, el proceso su contra se ha aplazado por incidentes mínimos.
No obstante, una versión da cuenta del periodo en que Riera permaneció desaparecido. Según dos fuentes de la Segob, una de ellas de primer nivel, el espía cubano fue retenido en México por autoridades del Cisen y llevado, en principio, al hotel Mayab, en el centro de la ciudad, donde se le aseguró por cinco días. Finalmente, fue trasladado a las instalaciones del Centro, donde habría permanecido hasta antes de ser enviado, no en un vuelo comercial de Mexicana, sino en un avión del Cisen.
Dos funcionarios del Centro habrían sido los encargados de hablar con Riera para sacarle información: Félix Lozano, subdirector de Asuntos Extranjeros, y José Luis Valles, director de Contrainteligencia, quien había ofrecido al ex cónsul todas las garantías de seguridad y la regularización de su situación migratoria, antes de su detención.
“Lozano y Valles lo estaban ‘trabajando’. Lo vi en los separos y estaba vendado de los ojos”, asegura una de las fuentes, que prefiere mantener el anonimato. “Una de las razones por las que fue detenido -agrega- es porque estaba pasando información a Estados Unidos”.
No obstante, Valles resulta más que un personaje discreto, por no decir oscuro en el capítulo Riera. Según un ex agente de los servicios de inteligencia mexicanos que conoció sus métodos de trabajo, el funcionario había formado parte de la Liga Comunista 23 de septiembre. Años más tarde trabajó con Jorge Carpizo cuando éste fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, procurador General de la República y presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Valles y su esposa trabajaron la década pasada como agentes encubiertos en Chiapas y más tarde lograron infiltrar el ala democrática del EPR en Guerrero y Oaxaca. Asimismo, estuvo involucrado en un escándalo de narcotráfico en el estado de Hidalgo, lo que implicó la baja de funcionarios de la delegación del Cisen en ese estado y la anulación en el sistema del Centro.
Empero, un hecho resulta patente. Riera ha logrado escribir y hacer llegar a Elizardo Sánchez Santa-Cruz, presidente de la Comision Cubana de Derechos Humanos y Reconciliacion Nacional, tres cartas de su puño y letra -de las cuales sólo se conoce parcialmente el contenido de la primera- para exponerle su situación. Riera hace énfasis en su “secuestro”, así como en las violaciones a tratados internacionales en que incurrió el gobierno de México y el engaño del que fue objeto en su extradición.
En la tercera de sus comunicaciones, el ex cónsul da, sin embargo, el número exacto de días en que permaneció en la prisión de Villa Marista: 126, aunque guarda absoluta discreción acerca de las condiciones a partir de su detención, en octubre de 2000, y enero de este año: “Hay otras cuestiones que salen en la prensa que no puedo ni ratificar ni desmentir, pues pueden tener consecuencias legales negativas para mí”.
El germen del problema en la extradición del ex cónsul cubano, sin embargo, radica en otro aspecto. El Prodh ha expresado repetidamente que el gobierno mexicano actuó ilegalmente, esgrimiendo criterios migratorios administrativos en lugar de asumir las connotaciones políticas de la deportación. No se trataba de un indocumentado más en este país, sino de un caso de alto perfil político. “Riera se puso en manos de un gobierno que actuó de mala fe”, concluye el organismo de derechos humanos.

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5 pensamientos en “El caso de Pedro Riera, espía cubano”

  1. Solo para dejar una pista 10 anos despues. El verdadero author de la delaciom a riera fue el entonces periodista cubano de reforma Roberto cespedes, hoy Escondido en Miami. Este es su email actual. Pircubin@gmail.com.

  2. Magnífico artículo, ha sido una denuncia oportuna de un acto ilegal y violatorio de los derechos humanos de los Gobiernos de Cuba y de México. Pedro Aníbal Riera Escalante, excónsul cubano secuestrado y extraditado ilegalmente.

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