Francisco Toledo: el receso de las bestias

Milenio 226, 27 de agosto de 2001
El pasado fin de semana, el pintor, dibujante, grabador, ceramista y fotógrafo juchiteco, Francisco Toledo, abandonó Oaxaca. A los 61 años de edad, el artista decidió llevar, una vez más, su trabajo y su actividad fuera de México. En su entidad, empero, permanecen tras su huida más de media docena de obras para la comunidad y la exposición más grande de su obra en 20 años. El artista dice querer tiempo para sí y para su obra, para la creación constante, lo que la ciudad ya no permite.

La mañana del sábado 18, los diarios de la capital de Oaxaca se repartieron con la fotografía del pintor Francisco Toledo en la primera plana. Los titulares anunciaban su huida, el artista dejaba de nueva cuenta la ciudad y el país para trabajar fuera, esta vez en Los Ángeles, California.
Horas antes, Toledo había reunido a la prensa y algunos de sus amigos en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo de esa ciudad. La verdad era que el pintor no deseaba hablar, pero tuvo que hacerlo para explicar que estaba por irse. Las cámaras lo inquietaban. Nunca pudo fingir naturalidad al ver una lente, aun cuando él mismo se colocó detrás de ella para hacer una serie fotográfica con desnudos suyos.
Esta vez no fue diferente. Toledo se puso en la mano una cerveza y procuró esconderse, deseando que la prensa se desentendiera de él con la comida y los tragos que había para su despedida.

Todavía la mañana del sábado, el pintor se encerró a trabajar en la casona de fachada ocre y perfiles mostaza, de las calles García Vigil y Manuel Bravo. Trabajaba en el fondo de la amplia casona, porque era el único lugar donde la insistencia de los toquidos en el portón de madera no llegaban o podían ser ignorados. Cuando por fin aparecía tras la puerta, era evidente su ansiedad, su urgencia por volver al trabajo y no había más remedio que dejarlo ir . Simplemente quería trabajar hasta el momento de irse.
Sin embargo, por la tarde llamó uno a uno a sus amigos y se despidió de ellos en privado. El domingo su salida fue discreta. En cierto modo, dejaba atrás una década de trabajo, pero también de enfrentamientos con funcionarios del gobierno que minimizaban sus críticas a las políticas culturales estatales, lo que en su momento le ganó la antipatía del ex gobernador Diódoro Carrasco.
Pero la crítica de Toledo no fue estéril, sino que se tradujo, en menos de diez años, en más de media docena de hechos. El pintor tomó el problema en sus manos y donó para Oaxaca tres de los lugares donde vivió para transformarlos en espacios culturales. Ahí, fundó el IAGO, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), el cine club El Pochote y el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo, donde además puso en funcionamiento la fonoteca Eduardo Mata y la biblioteca para invidentes Jorge Luis Borges. En cierto modo, cada espacio representaba las pasiones y las preocupaciones del juchiteco.
Pero la mano del pintor fue más allá y logró transformar un proyecto estatal que buscaba transformar el ex convento de Santo Domingo en un hotel de lujo, cuya parte posterior se habilitaría como un gran estacionamiento. La lucha de Toledo y otros oaxaqueños hicieron la diferencia. Santo Domingo se transformaría en un centro cultural con una exposición histórica permanente, en tanto que en la parte trasera se formó un enorme jardín etnobotánico.

Así han transcurrido más de cuatro décadas desde que su padre tomó la decisión de enviarlo a estudiar a Oaxaca, cuando se dio cuenta de que en la casa ya no quedaban muros donde pudiera seguir dibujando. Luego de su experiencia en el Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño y Artesanías del INBA, en París y Nueva York, Toledo se convirtió en uno de los artistas independientes más importantes del país. Discreto, huraño, malhumorado quizás, el pintor Juchiteco nunca necesitó de etiquetas ni de definirse como el padre de ninguna corriente o generación de ruptura. Siempre vestido de la misma forma de manta blanca, calzado con huaraches de pata de gallo, Toledo se ha mantenido como un artista desafiante desde el momento —como afirma Carlos Monsiváis— que rescata al pueblo y su repertorio de tradiciones del olvido posible y de algo para él mucho peor: la rutina imaginativa.
Ilustrador de Zoología fantástica de Jorge Luis Borges, Toledo ha formado su propio bestiario. La fusión de animales y hombres, la continua visita a la muerte, las figuras zoomorfas y la sensualidad tan abierta de sus obras y a veces tan ligada con la escatología han trastocado los tabúes. La obra es provocadora en sí, aunque sus animales y sus pequeñas bestias sean áridas en el color y el material que las crea.
Poco antes de que Francisco Toledo abandonara su casa en la otrora ciudad de Antequera, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca abriría una exposición con 27 cuadernos del pintor, la más grande en 20 años, denominada Los cuadernos de la mierda, que incluye dibujos y obras en óleo, acuarela tinta, y gouache. La temática no incluye más ni menos que lo que el nombre explica: más de mil hojas creadas por Toledo con seres que nacen del excremento o que a su vez crean a otros seres de la mierda misma; humanos muertos en torno a ésta, grupos que viven sobre ella o animales que la trabajan.

Luego de recibir hace unas semanas la visita de Gabriel García Márquez, con quien se reunió en uno de los patios del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca para conversar sobre su obra, Toledo se despidió de Oaxaca. Convencido de que el ritmo de su trabajo ha disminuido, el pintor juchiteco dice querer dedicarse sólo a lo suyo, trabajar con mayor constancia, lo cual la ciudad ya no le permite hacer. Afirma que regresará en ocasiones, por eso, la que hasta el domingo fue su vivienda y su lugar de trabajo no será donada, además de que hay proyectos por el estado que quedaron pendientes.
Francisco Toledo se lleva consigo sus dibujos, su fascinación por los animales de la árida zona juchiteca, sus bestias. Dice que éste es un receso, un receso para sus humanos tocados por la muerte y la animalidad. Uno de sus proyectos, decía antes de irse, sería el reto lúdico de tomar algo tan simple como un grano de frijol y volverlo parte de algo importante en su pintura; darle forma, textura y vida.
En resumen, las bestias de Toledo se tomarán un receso.

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