Entrevista con Carlos Monsiváis / El pánico como vía de transición a la democracia

Milenio 208, 10 de septiembre de 2001
El informe anual de gobierno del presidente de la República es, por antonomasia, el ritual del México contemporáneo. El culto a la personalidad y el arropamiento incondicional de la bancada de origen (antes priista, ahora panista) al jefe del Ejecutivo obliga a que el análisis de la actuación de éste se dé puertas afuera del Congreso. Este texto recoge un breve análisis del escritor Carlos Monsiváis sobre los primeros nueve meses de la administración de Vicente Fox y la oferta fundamental: el cambio.

—La divisa de Vicente Fox desde su campaña por la Presidencia era “el cambio”. ¿Ha habido cambio? ¿Hacia dónde, en qué sentido?

—Desde luego, y un cambio enorme, la salida definitiva del PRI de la Presidencia. Esto significa demasiadas cosas: el fin del peor determinismo (“El PRI nunca pierde, y cuando pierde arrebata”), la certidumbre de los “milagros laicos” que el voto consigue; el freno a un estilo monstruoso de corrupción, etcétera, etcétera. Este cambio es inapreciable porque le permite a la sociedad enterarse de las consecuencias pacíficas de su “Ya basta”.
Aparte de eso, el cambio en sí no es “el milagro del cielo”, muy prometido de diversas maneras y, por lo mismo, considerado existente por el presidente Fox y sus amigos. Como gobierno, no son ni de lejos lo eficaces y lo congruentes que declaran ser, y su tendencia irreversible a la derechización deja en malas condiciones a los cantores y profetas del Voto Útil, que llegaron a proclamar, con la buena fe de la cara dura, que ni el PAN ni Fox eran derechistas. Los artífices del Voto Útil se han extenuado afirmando la línea progresista del presidente y del PAN!! En cierto sentido tienen razón. En efecto, Fox no aprobaría el retorno de la Santa Inquisición ni la reinstalación del diezmo.
En resumen, el cambio (la salida del PRI) es muy positivo; el cambio (la llegada de Fox y su partido) es hasta el momento algo más que melancólico, si queremos darles el beneficio de la duda.

—¿Hay algo que le sorprenda de manera agradable de los primeros nueve meses del gobierno de Vicente Fox?

—La coherencia del pensamiento gubernamental. Siempre he creído que político que no se contradice varias veces al día está a punto de tomar en serio a los gobernados, que desde el principio, si quieren ejercer a fondo su civismo, deben emanciparse del recuerdo de lo prometido y de la lógica declarativa. El ciudadano que toma en serio el discurso de sus gobernantes, padecerá esquizofrenia simbólica. Un ejemplo reciente: al responder al discurso de Carlos Fuentes, el presidente retira su iniciativa del IVA a los libros. Dos días más tarde se declara ajeno al asunto.

—¿Cuáles son los temas soslayados por la actual administración? ¿Qué temas se han quedado pendientes en la agenda del presidente?

—Si los temas son distintos a las promesas, lo que se ha soslayado es lo que se dice “al calor de la campaña” esperando que se entienda que nomás es para eso. ¿O alguien creyó de veras en el millón de empleos a crearse cada año? Tampoco se creyó que estos empleos podrían perderse, pero era por falta de confianza en los tecnócratas del santuario. Fox, emplazado por los críticos, aseguró, con el ceño indignado del So help me God, que no privatizaría ni Pemex ni la industria eléctrica. Ahora va filtrando a punta de hachazos (no es mala táctica “filtrar talando”) la urgencia de privatizar para que no nos arrodillemos ante Estados Unidos. En sus giras por el campo, de candidato primero, y todavía de candidato después, Fox le ha garantizado a los productores agrícolas las perlas de la Virgen, usando tal vez una metáfora menos profana. Luego, él y su inaudito secretario de Agricultura, han recelado agresivamente de los campesinos, “porque no producen”.
“No dañaremos en lo mínimo al pueblo”: que se graven medicinas y alimentos; “Somos una nación soberana”: que las aguas del río Bravo beneficien a los norteamericanos. Sí sé que, con su ecuanimidad típica, se califica a las objeciones de “mamadas”. No lo son, lo que sí es inmensamente pueril es el desdén ante la crítica de funcionarios incapaces de razonar sus decisiones.
¿Qué temas quedan pendientes? Entre otros, los que implican el diálogo con la sociedad, la categorización de los problemas, la responsabilidad de pactos nacionales que son sean llamados a una fiesta de rancho.

—Desde su perspectiva, ¿dónde está poniendo el énfasis el actual gobierno?

—En una exigencia: “Tomen mis promesas como realidades en el instante mismo en que las lanzo”. Eso se complementa con el desprecio a los críticos, “mandilones de la información” por así decirlo, y en el afán de banalizar los problemas sepultándolos en el refranero agrario (de 1956 o 1958). Allí, entre bueyes que salen o se quedan en la barranca, y demás sutilezas, se amerita la filosofía gubernamental.

—Le propongo tres temas: el conflicto en Chiapas y las reformas en materia indígena, la nueva aparición de grupos guerrilleros como el EPR y las FARP, y la reforma fiscal. ¿Qué le ha parecido el manejo político y mediático de esos tres temas?

—En general, lamentable, aunque desde luego hay excepciones en el tratamiento mediático. Procedo a una síntesis muy abrupta, la obligada en las entrevistas.
a) Chiapas y la nueva Ley Indígena. En su afán de reducir un siglo a 15 minutos (tal hazaña cronológica sería admirable) el presidente Fox permitió lo que jamás el PRI hubiese admitido: la caravana zapatista, un acontecimiento en verdad extraordinario, digan lo que digan los manejadores de “lo políticamente correcto” (no es cierto que lo políticamente correcto es propiedad en México de la izquierda, sino casi abrumadoramente, de la derecha). Nunca el país se había enfrentado con tal claridad al racismo de su clase gobernante, tan compartido por casi todos los demás incluso sin saberlo. La marcha, con los errores y las caídas inevitables, fue un acontecimiento único, finalizando con el magnífico discurso de la comandante Esther en el Congreso de la Unión. Se movilizaron cientos de miles o millones de personas… y luego la trampa, la arrogancia refrigerada, la retórica gastadísima y un tanto cuanto racista de los senadores del PAN y del PRI, el voto inconcebible de los senadores del PRD y su explicación infantil del “error táctico”, y la incapacidad de los medios de analizar el problema (aquí la responsabilidad es de todos nosotros). Por supuesto, la iniciativa de la Ley requería de ajustes y discusión en lo relativo a “usos y costumbres” y el examen a fondo de la territorial. Sí, pero de allí a lo aprobado hay mucha distancia. Y el presidente Fox actuó con lo que supongo que suponen una astucia excesiva más bien profundamente decepcionante. Confía tanto en que todos olvidemos, que el primero en olvidar sus palabras es él.
b) No acepto la violencia armada, no la acepté cuando surgió el EZLN y no lo admito ahora. Además de creer en las leyes, creo en el pacifismo gandhiano. Pero desde el 12 de enero de 1994 los zapatistas no han disparado un solo tiro, y esto lo reconoce el gobierno, aunque ahora minimicen lo de la paz en Chiapas, diciendo que no importa, como si la paz allí existiese realmente, entre paramilitares y bandas de pistoleros y violencia endémica y su miseria.
Esto por un lado; por otro, lo que conozco del EPR y las FARP me resulta lo típico de grupos muy anacrónicos ajustados al lenguaje y algunas prácticas de la violencia. Y frente a su discurso en nada persuasivo, el gobierno ha respondido con inexactitudes, desinformación y tremendismo. ¿Cuáles son esos grupos guerrilleros? ¿Por qué el presidente habla de quinientos o mil hombres decididos a todo? ¿Por qué, sin necesidad de violar secretos de Estado, no se informa de lo que pasa? Y, algo que preocupa muchísimo, ¿por qué esas calumnias contra la UNAM, “nido de guerrilleros”?
En lo que toca a los Medios, en este caso se ha contenido el amarillismo, tal vez para no competir con el gobierno.

—¿Hay razones para apanicarse ante los resultados de los primeros nueves meses de Fox?

—No, el pánico es irracional. Lo racional para el gobierno es algo distinto, es confiar en que si las cosas siguen como van, el pánico será una de las vías de la transición a la democracia.

—¿Cuáles pueden considerarse los episodios climáticos de estos nueve meses?

—La caravana zapatista, la tela de juicio sobre el carisma de los nuevos gobernantes, el derrumbe inexorable del PRI (al que no salvan sus legisladores), la catástrofe agrícola, la sobrevivencia penosa de los caciques (el Tabasco de Roberto Madrazo), la ansiedad de los panistas por tutelar la moral privada, la imposibilidad gubernamental de ir a fondo con el pasado, la crisis del PRD que es consecuencia de su feudalización interna, la persistencia pese a todo de sectores de la sociedad civil, la permanencia de la inseguridad pública y el escándalo como vía de comunicación interna de la sociedad.

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