La congruencia de Poniatowska

¿Es tan endeble la figura y tan pobres los argumentos de Elena Poniatowska que sus juicios políticos no soportan el menor cuestionamiento? Esa es la triste izquierda mexicana y esos son sus tristes héroes.
Pero esto no es novedad; Poniatowska nunca se ha distinguido por su honestidad intelectual. Tan pronto como en 1997, Luis González de Alba puso al descubierto cómo la señora tomó y alteró párrafos de Los días y los años para escribir La noche de Tlatelolco. Si bien el también escritor fue despedido de La Jornada, ella perdió y fue obligada a corregir su aclamado libro.
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La abajofirmante
Sin embargo, es quizás su actividad de abajofirmante la que le he dado mayor fama. No hay “causa noble” a la que la escritora no se suba ni carta de buenas intenciones que no firme. Uno de esos casos fue el desplegado suscrito por un nutrido grupo de intelectuales, el 3 de febrero de 2000, que dio el aval para que la Policía Federal Preventiva entrara a Ciudad Universitaria tres días después y pusiera fin a la huelga que miles de estudiantes mantenían en la Universidad Nacional. Para la noche del 6 de febrero, la misma Poniatowska aparecía en el programa Séptimo Día, de Canal 40, llorando por los muchachos que habían sido encarcelados esa mañana y manifestándose sorprendida por las acciones emprendidas por el gobierno federal.
En junio de 2003, y ante el “desencanto” generado por los tres grandes partidos en el poder (incluido el PRD), su “alejamiento” de las demandas sociales y el “vacío de propuestas sobre derechos individuales”, un grupo de 63 escritores, científicos e intelectuales firmaron un desplegado en el que anunciaban su apoyo a México Posible. Este documento contenía las firmas de Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Héctor Aguilar Camín, Sabina Berman, Roger Bartra, Lorenzo Meyer, Guadalupe Loaeza, Germán Dehesa, Ruy Pérez Tamayo y (adivinen) Elena Poniatowska, entre otros. Hoy, la señora está subida de nueva cuenta en el carro perredista que parece ir rumbo a la Presidencia de la República, haciendo anuncios plañideros de apoyo a Andrés Manuel López Obrador.
Ni qué decir de su militancia zapatista. Nadie como Elena para apoyar la causa indígena y al EZLN; pocos eran los convidados a estar en el grupo cercano al Subcomandante Marcos y ella era una de esos pocos. Hoy, con una base popular disminuida y con un líder guerrillero que parece haber perdido su carisma de hace algunos años, Elena no aparece más en los mítines y las concentraciones; sus lealtades están con un candidato presidencial y no con el líder de los alzados.
Así fue y así ha sido siempre. Se fotografió y declaró su admiración por la popular Gloria Trevi y su estilo irreverente, pero se olvidó de ella en cuanto fue acusada de perversión de menores y fue señalada como cómplice de violación. Fue la voz indignada de la sociedad cuando a los catorce años, Paulina, una niña de Baja California fue obligada por las autoridades panistas a tener a un hijo resultado de una violación, a pesar de que el derecho le permitía abortar; de hecho hizo un libro con esa historia. Cuando el tema pasó al desván del olvido, de nuevo Poniatowska pasó la página y buscó su nueva causa para abanderar…
Triste izquierda mexicana cuando sus emblemas son detentoras de tal pobreza moral.
Pobre señora.
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