Cosas que un hombre debe decir

Gracias a Fedro Carlos Guillén y su imprescindible columna “Litóbolos”, que se publica cada martes en El Financiero. Su texto resume en mucho esa actitud que en lo personal siempre asumo cuando los medios convierten un juego de futbol en la Batalla de las Termópilas.

Sonaron los himnos y la gente, por algún misterio nacional, se puso de pie y le rindió homenaje a una tele de 21 pulgadas con pantalla de plasma, mientras que yo, que siempre quedo muy azorado ante estas cosas, permanecí sentadote fingiendo que era noruego…


Sigue leyendo este texto

Litóbolos
Ante la advertencia televisiva de que el domingo se celebraría un maratón futbolero y con el riesgo de quedarme más solo que Simón en el desierto si no acudía a algún lugar con televisión, me dispuse el día de marras a observar el desempeño de nuestros gloriosos ratones verdes. Me senté en un sillón junto a un octogenario que se quedaba dormido cada diez minutos. Entonces sonaron los himnos y la gente, por algún misterio nacional, se puso de pie y le rindió homenaje a una tele de 21 pulgadas con pantalla de plasma, mientras que yo, que siempre quedo muy azorado ante estas cosas, permanecí sentadote fingiendo que era noruego por aquello de las miradas de reprobación que capitalicé por mi conducta vendepatrias.

Luego salió Hugo Sánchez y de inmediato pensé en la procedencia de una demanda penal a su asesor de imagen, ya que portó una playera de rayas que sólo le he visto a los padrotes en los balnearios… y el partido empezó. Vino el primer penal cobrado por el joven Castillo (en este caso sugiero depilación láser) y arrancaron las porras acompañadas por una muy generosa ingesta de bebidas de carácter embriagante. Un viejito que estaba sentado en un taburete oscilando (él, no el taburete) cayó al piso y se puso un madrazo ejemplar que le dejó chueca la quijada. Acto seguido manoteó como aspa de molino para evitar ser auxiliado y se volvió a sentar muy enojado con la asistencia que se le ofrecía. Otra señora que nos acompañaba hizo un comentario procaz acerca de los atributos físicos de un paraguayo y un mesero le vació un pepito de filete en la cabeza a un comensal. Todo ello antes del minuto 20.

El partido continuó y vinieron los cambios. Cuauhtémoc Blanco, que siempre trae cara de espasmo intestinal, entró a marcar un penalti con el short fajado al estilo imperio, es decir a la altura de las tetillas. El Bofo también entró a la cancha con un preservativo en la cabeza y la goleada se consumó, triunfo que produjo que el aspecto final del bar fuera el mismo que el de una fiesta auspiciada por el emperador Nerón.

La televisión hizo una pausa y llegaron los juveniles contra Nueva Zelanda, partido del que pude sacar dos conclusiones: la primera es alimentaria, pues a los jugadores de Oceanía a leguas se les nota que comen tres veces al día, por lo que uno debe agradecer que aquello no sea boxeo; la segunda es que la gente que asiste a los estadios a apoyar a nuestro país tiene un total desdén por el qué dirán, ya que se encueran y se tatúan la barriga, se ponen máscaras de luchadores o de plano un sombrerote que no deja ver cuatro filas arriba. El partido terminó y de pronto aparecieron una nube de idiotas vestidos de futbolistas destrozando una canción de Ricky Martin. Ellos y ellas llevaban unos balones coreográficos, bailaban como alguien que se ha drogado y cantaban igual que mi perro. Pregunté acerca de su origen y una amiga me dijo didácticamente que eran high school, asunto que me dejó en las mismas pero más informado.

Decidí irme a mi casa a continuar con el maratón, pues el lugar en el que nos encontrábamos había cerrado. Prendí la televisión y ahora me encontré con una buenona que se llama Galilea presentando a otra nube equivalente de idiotas. Luego hizo lo propio con “el jurado” integrado destacadamente por un gordo horroroso con una camisa de seda más horrorosa aún que decía “ódiame”. Entendí, de inmediato, que se trata del villano y lo confirmé después cuando hizo un comentario mamoncísimo. Luego salieron los jóvenes de Timbiriche, vestidos como la reina del carnaval, que le dieron consejitos a un grupo más joven aún. A uno que cantaba igual que mi señora madre (es decir, muy mal) nadie le dijo que su futuro estaba en la mecánica automotriz y en ese preciso momento saqué la bandera blanca, abrí una botella de vino que me acompaña en este momento para contarle, querido lector, que he pasado uno de los domingos más extraños de mi ya larga existencia.

fedro50@hotmail.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s