Revelaciones de un agente cubano


Milenio Semanal, 24 de noviembre de 2008
Pedro Riera Escalante fue cónsul de Cuba en México por cerca de cinco años. Más que un diplomático, su estancia en la capital del país fue apenas un pequeño capítulo del trabajo de 25 años que hizo para la Dirección General de Inteligencia cubana (DGI), desde donde encabezó acciones para infiltrar a la CIA y reclutó como informantes a funcionarios del gobierno federal, del servicio exterior, de partidos políticos y a periodistas y hombres de negocios mexicanos.
A su regreso a Cuba, el régimen de sospecha y delación cotidiana no ayudaron a Riera, a quien sistemáticamente se le prohibió salir por su valor como informante. Pero el ex cónsul escapó y se escondió ilegalmente en México. En octubre de 2000 parte de su historia fue conocida por un pequeño grupo de periodistas e intelectuales por y la corresponsalía de The New York Times en el país. Después de hacer gestiones durante meses ante las secretarías de Gobernación y de Relaciones Exteriores para obtener protección diplomática, elementos del Centro de Información y Seguridad Nacional (Cisen) y del Instituto Nacional de Migración (INM) lo secuestraron cuando salía junto con el periodista Edelmiro Castellanos de una reunión con José Luis Valles, funcionario del mismo Cisen, y después operador de reuniones de alto nivel en busca del desafuero de Andrés Manuel López Obrador.
El grueso de esa historia la escribimos para Milenio Semanal en mayo de 2001, cuando a Riera se lo tragó la tierra y nada se volvió a saber de él, sino hasta cuatro meses después.
Hoy le pregunto cómo es que una persona que de pronto está en las portadas de diarios y revistas puede desaparecer de la faz de la tierra durante 126 días. El cubano narra lo que las autoridades mexicanas y cubanas hicieron con él desde que fue subido a una camioneta van blanca: “Peor que si la tierra me tragara”.


Secuestrado número 238 mil 397
Edelmiro Castellanos no pudo hacer nada, excepto mirar cuando seis agentes tomaron a Riera por los brazos, lo revisaron en busca de armas y lo hacían subir a la parte trasera del vehículo blanco. Cuatro hombres lo arrastraron adentro y lo obligaron a sentarse en el piso de lámina mientras los otros dos subían adelante, con el conductor. El jefe del operativo permanecía frente él, en cuclillas, sin responder a una sola de sus preguntas. El ex cónsul trataba de explicarles quién era y cuál era su situación, pero los sujetos no estaban dispuestos a escuchar nada.
—No estoy armado ni voy a cometer ningún acto violento, dígales que me aflojen los brazos, me están apretando, que me suelten los brazos —suplicó—. La van está completamente cerrada, ¿por dónde me voy a escapar?
Finalmente el hombre hizo una seña; los otros lo soltaron.
—Tengo sed, quisiera tomar agua y quisiera fumar. Se me están acabando los cigarros… ¿Pueden comprarme una caja?, yo le doy el dinero.
—No, no; cuando lleguemos —cortó seco el hombre.
Riera se percató de que circulaban por Periférico y pensó que lo conducían a las instalaciones del Cisen. Luego averiguaría que su destino era la estación migratoria “Las Agujas”. Pese a insistir en que estaba solicitando asilo, ahí sólo se le interrogó sobre dos puntos: el pasaporte y el nombre con los que había entrado a México. Su renuencia hizo venir al jefe de la estación.
—Dígame con qué pasaporte entró a México.
—Mire, no voy a responder esa pregunta, a no ser delante de mi abogado.
—Dígame —le repitió— con qué pasaporte entró a México.
—…
—Bueno —dijo antes de dar dos pasos atrás y retirarse—, ya usted después tendrá que responder esa pregunta.
Luego de ser fichado, Riera fue llevado a una de las celdas de la estación, donde pasó parte de la madrugada con un grupo de dominicanos y cubanos. A las cuatro de la mañana, varios sudamericanos comenzaron a recibir su oficio de expulsión, antes de ser llevados al aeropuerto en un autobús. Pero el diplomático recibiría tratamiento especial; una hora más tarde, sin documentos ni explicaciones, el hombre que había estado a cargo de su detención volvió a aparecer para subirlo a un autobús con rejas en las ventanillas; custodiado por siete agentes en su trayecto al aeropuerto.
El ex agente de la DGI no supo que lo trasladaban a Cuba hasta que estuvo a bordo del avión de Mexicana de Aviación. Un agente llamado Ángel Ramírez se encargó de mantenerlo asegurado hasta su aterrizaje en La Habana; no se le devolvieron sus pertenencias; ni el cinturón, ni el celular, ni los cordones de los zapatos que le obligaron a quitarse.
Un operativo de la seguridad del Estado se hizo cargo de él en cuanto pisó suelo en el aeropuerto José Martí. De ahí, fue conducido de inmediato a un calabozo tapiado de Villa Marista. Primero, la entrega de todas sus pertenencias, reloj y anteojos incluidos. Seguidamente, la obligación de vestir el mono gris oscuro de presidiario y la foto para ficharlo. Su número, el 238 mil 397.
Las celdas de tres por dos albergaban a tres o cuatro prisioneros entre literas de acero colgando de cadenas ancladas a las paredes, un hueco inmundo en el piso llamado “toto”, que hacía las funciones de sanitario, una lámpara de luz fría permanentemente encendida y la prohibición de taparse los ojos.
Riera relata que tenían diez minutos de agua al día para bañarse y llenar dos recipientes que servían para descargar el “Toto”, que frecuentemente se tapaba, despidiendo un nauseabundo olor a orines y excremento. Desde la primera noche, un guardia pasaba frente a la celda cada tres minutos, levantaba la ventanilla de acero, miraba dentro y la dejaba caer con un ruido fuerte y seco. Con esto y el estruendo de las pesadas puertas de acero de otros calabozos que se abrían y cerraban era imposible dormir.
“En Villa Marista —resume— se aplica un sistema de tortura psicológica, todo el tratamiento inhumano está dirigido a lograr que el preso hable y reconozca sus presuntos delitos lo más rápido posible”. Las condiciones de salubridad eran pésimas, al grado que adquirió una infección, provocada por los rastrillos compartidos con otros prisioneros. Los interrogatorios sin abogado duraron 44 días e iniciaron a las pocas horas de su reclusión. Riera fue llevado ante el fiscal instructor de su caso sin poder dar precisión de la hora; además de tener la orden de no mirar a los lados, fuera de la celda los relojes indicaban horas distintas.
De los interrogatorios iba de vuelta a la celda, al confinamiento con las lámparas encendidas las 24 horas. Le permitían ver la luz del sol apenas cada 10 o 14 días, por unos pocos minutos, a través de otra celda con el cielo enrejado. “Esto —me explica— afecta el reloj biológico, se debilitan las condiciones mentales de memoria y concentración para enfrentar los interrogatorios”. A su abogado sólo pudo verlo hasta el final del proceso de instrucción, cuando el asesoramiento para enfrentar las acusaciones era ya inútil.

Candil de la calle
El ex oficial de Inteligencia asegura que por mucho tiempo ni su familia supo que había sido enviado a Cuba; querían sentenciarlo en silencio. Pero las notas en varios medios mexicanos suscitaron reacciones internacionales, motivando declaraciones del Departamento de Estado y de la Embajada de Estados Unidos, y forzaron a la Secretaría de Gobernación a dar explicaciones. Todo ello obligó al gobierno de Castro a ajustarse a sus propias leyes. Entonces México buscaba ante la Corte Internacional de Justicia la suspensión de la condena a muerte de 54 ciudadanos mexicanos en EU; pero, de igual forma violaba convenios internacionales al entregar a un hombre que había solicitado asilo, contraviniendo la ley mexicana que impide devolver a una persona a su país de origen, o enviarlo a cualquier otro en donde su vida, libertad o seguridad pudieran estar amenazados.
Por parte del gobierno de Fidel había una clara preocupación de que Riera revelara los nombres de sus agentes en México. Que continuaran activos o no, le restaba poco impacto a las declaraciones; no se iban a dar el lujo de dejar al descubierto sus operaciones en suelo mexicano. El Cisen, encargado de proteger al país de la penetración de agentes extranjeros, jamás declaró haber descubierto operaciones de espionaje en el pasado; esto, porque la inteligencia cubana operaba sin restricción alguna y la idea era que ese estatus siguiera. “Mi propósito con las entrevistas no era inmiscuirme en cuestiones internas de México, ni provocar escándalos políticos. Incluso le hablé a José Luis Valles en términos generales sobre las entrevistas que pensaba dar, y les ofrecí coordinar con ellos los temas que trataría para no crear ningún tipo de problema. Tiene que haber sido una orden de muy arriba —dice Riera sobre su detención—, para obligar a un servicio de seguridad como el Cisen a que virara la cara y se abstuviera de obtener información de interés para el Estado mexicano. Estaban cumpliendo una orden muy tajante de no ver nada, de no escuchar nada y entregarme a la seguridad cubana en el menor tiempo posible”.
La duda que queda al ex cónsul, es por qué los agentes nunca registraron su ropa al asegurarlo. De haberlo hecho habrían encontrado una copia del documento en el que adelantaba varias respuestas a la entrevista que daría a The New York Times sobre sus labores de espionaje. Las hojas terminaron hechas pedazos, donde nadie podía rescatarlas: el retrete de la celda de la estación migratoria de Iztapalapa.

Libertad condicional
Riera Escalante ha interpuesto una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en contra de Mëxico; la suya fue una extradición sumaria en la que se ignoraron sus peticiones de asilo y de asistencia legal. En la demanda se asienta la participación directa del entonces cónsul cubano en Ciudad México, Manuel Calvo, quien expidió el 3 de octubre —mismo día de su detención— un documento de identidad “hechizo”, sin foto, que expiraba al día siguiente, y un permiso de entrada, los cuales fueron aceptados por Mexicana de Aviación, la aerolínea que lo trasladó a la isla.
Desde el 19 de diciembre de 2003 Riera se encuentra en Cuba bajo libertad condicional. “Nuestra vida aquí es imposible desde todo punto de vista. Pretenden matarnos día a día, hostigándonos, bajo amenaza y privándonos de medios para nuestra subsistencia”, dice. El pasado año, en una entrevista para AP, el hombre reveló que trabaja en un libro, proyecto que viene desde 1999 y que titularía: 25 años contra la CIA, el poder oculto de Fidel Castro. La respuesta a su anuncio fue una detención de 12 horas y un acta de advertencia que lo coloca con un pie en la cárcel, notificándole que con sus declaraciones había “abofeteado al Ministerio del Interior”. Riera se ha quedado solo y en este momento juega sus últimas cartas, en busca de su libertad. El 15 de abril pasado, entregó a la Asamblea Nacional del Poder Popular una petición para que sean eliminados los permisos de entrada y salida a los cubanos, así como las medidas de confiscación de bienes contra quienes abandonan el país. Tiene ya 56 años, y en este momento enfrenta una tarea monumental: para que sea presentada como proyecto de ley, su solicitud debe respaldarse por 10 mil firmas de ciudadanos cubanos. Trabaja en ello. Mientras, su denuncia contra las autoridades mexicanas por violación a sus derechos humanos está en curso.

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2 pensamientos en “Revelaciones de un agente cubano”

  1. ALBERT : DA LA CARA PARA DEMANDARTE COMO HACEN LOS HOMBRES. LOS DISIDENTES SON VALIENTES QUE EXPONEN SU VIDA CONTRA UN TIRANO. POR QUE NO DAS LA CARA,TE MANDO FIDEL A
    OFENDER DESDE LA SOMBRA COMO UNA RATA.

  2. este tipo es un fantasma a un país bloqueado no se la hace esto. los disidentes son la peor mierda que se pueda oler. un embajador o consul no tiene necesidad de hacer lo que este maricon hace.

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