El general que Fox entregó

Milenio Semanal, 17 de enero de 2010
Es mayo de 2007. Ha llovido toda la madrugada. Pasan de las nueve, pero una fina llovizna continúa cayendo terca. La Puerta 8 del Campo Militar Número Uno se abre camino a la populosa zona de El Molinito, a unos minutos del Toreo de Cuatro Caminos, en Naucalpan, que al cabo de un par de años desaparecerá. La reja es apenas custodiada por un par de soldados que soportan el mal clima con una capa impermeable y que se limitan a señalar la mesa que se instala jueves y domingo a unos cien metros de esa entrada.
Ahí cuatro militares se encargan de hacer un primer registro a quienes pretenden entrar, cotejan la credencial de elector con la lista de visitantes que los detenidos en la prisión militar deben pasar semanalmente para poder acceder al privilegio e indagan sobre la relación entre la visita y el preso. Están prohibidos los teléfonos celulares, cualquier grabadora, cámara y cualquier cosa que permita registrar impresiones del lugar.
La prisión se encuentra en el centro del Campo Militar y a ella sólo se llega en un autobús que hace un recorrido de diez minutos por la zona habitacional, los almacenes generales, el batallón de Transportes.
A espaldas del área de Juzgados, la parte visible del lugar, está la cárcel. Se entra a ella por un costado, vía un grueso y enorme portón metálico verde claro, donde un nuevo grupo de soldados de bajo rango, armados, vuelven a hacer las mismas preguntas para verificar la identidad del visitante.
Pero aún no es todo, antes hay que desnudarse, poner la ropa en manos de un vigilante que hurga en los bolsillos y aun bajo las plantillas de los zapatos en busca de objetos y sustancias prohibidas. Sólo entonces, uno puede pasar una primera reja de barrotes que conduce al locutorio y, más allá, al enorme patio y las áreas comunes, cuyos límites están trazados por malla ciclónica. Sigue leyendo “El general que Fox entregó”

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